La leyenda del origen de la papa

Revista Georama #3, Clavis Lego

Hace muchos años, las alturas de Andahuaylas estaban dominadas por hombres guerreros cultivadores de quinua. Eran fuertes y poderosos gracias a este cereal que crece muy bien en suelos secos y climas fríos.

Este pueblo guerrero mantenía continuas disputas con los pueblos vecinos, a quienes sometieron durante muchos años. Como forma de mantener su dominio los dejaban morir lentamente disminuyendo su ración de quinua para sus familias y sus hijos, para así evitar que los pueblos subyugados se pudieran rebelar.

Los pobladores, al borde de la muerte, suplicaban al cielo: “No tenemos que comer, estas tierras altas no son buenas para sembrar maíz y ellos tienen acaparada la quinua ¿qué podemos hacer?”. El padre Sol escuchó a su pueblo y les dio su bendición.

Es así que los cansados pobladores encontraron en la montaña unas semillas carnosas y redondeadas. El pueblo entero se reunió y trabajaron juntos la tierra para sembrar en ella las semillas, que pronto germinaron y se convirtieron en hermosas plantas de delicadas y bellas flores. Su trabajo y aquel regalo divino tiñeron de un manto morado las heladas mesetas de Andahuaylas.

Los hombres se sorprendieron al ver flores tan bellas, y sus mujeres encantadas se apresuraron a cosechar las plantas, cortaron los tallos y las hojas. Pero al ver todo perdido, los pobladores volvieron a dirigirse al Sol: “No nos dejes padre, no nos ha quedado nada”.

Entonces el Padre Sol les dijo: “Sólo se han llevado las hojas que de nada les servirán, remuevan la tierra y saquen los frutos, los escondí allí para humillar a los poderosos y engrandecer a los humildes”. Los hombres hicieron el trabajo de sus esposas, se pusieron de rodillas y enterraron sus manos para extraer las hermosas papas, las que mantuvieron guardadas en absoluto secreto.

Desde entonces, cada mañana los hombres y mujeres de las punas reforzaron su pobre alimentación con el regalo del dios Sol. En poco tiempo se restablecieron, volviéndose más fuertes. Así, cuando los guerreros vinieron a atacarlos nuevamente, no se dejaron dominar y desterraron definitivamente a los invasores, que huyeron y nunca más volvieron a perturbar la paz de las montañas, consiguiendo así su libertad.

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