Reflexión de Hermann Hesse

Hermann Hesse. “Reflexión”, Mi Credo.

Divino y eterno es el espíritu.

Hacia él, del que somos obra e imagen,

va nuestro camino; nuestro mayor anhelo es

ser como Él, caminar en su luz.

 Pero somos mortales, hechos de barro,

la inercia de una pesada carga nos abruma,

y aunque nos abriga, cálida y maternal, la naturaleza,

nos amanta la tierra, nos da cuna y sepultura,

y nos invita a permanecer entre flores,

la naturaleza no nos da la paz,

su hechizo maternal es atravesado

por la perentoria chispa del espíritu inmortal

que, como un padre, convierte en hombre al niño,

anula la inocencia y nos despierta a la lucha y a la conciencia.

Así, entre la madre y el padre,

así, entre el cuerpo y el espíritu,

vacila el hijo más frágil de la creación,

el hombre de alma temblorosa, capaz de sufrimiento

como ningún otro ser, y capaz de lo más alto:

El amor que espera y confía.

Arduo es su camino, pecado y muerte su alimento,

a menudo se pierde en la oscuridad,

a menudo preferiría no haber sido creado.

Pero sobre el resplandece siempre su misión,

su destino: la luz, el espíritu.

Y sentimos: es el, el acosado por el peligro,

a quien ama el Eterno con amor singular.

Por ello, para nosotros, hermanos pecadores,

es posible el amor en toda desunión,

y no es el juicio y el odio,

sino el amor paciente,

la paciencia amante,

lo que nos conduce hacia la sagrada meta.

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