Atanasio (el aymara)

De “Sobreviviendo a ti”, Wattpad

La aurora comenzaba a mostrar sus dorados cabellos y el aliento de los cerros bajaba hasta cubrir la casa con el aroma de los eucaliptos. Las paredes de piedra empezaban a calentarse y la escarcha del techo de paja, a evaporarse.

En el interior, tendido en una cama de avena y cubierto por mantas de lana se encontraba Atanasio, cuando sabía al cerro al pastorear, pasaba las noches en esa casa de dos habitaciones, en una cocinaba a leña y en la otra pernoctaba. Esa mañana un fuerte dolor de espalda le impedía levantarse. Una bruja, pensaba, le había visitado en la noche y le había mordido.

Atanasio creció en la comunidad X, la cual desapareció cuando se empezó a explotar un yacimiento minero en la zona. Unos pocos conservaron sus tierras y su estilo de vida. Estos campesinos de una agricultura y ganadería de subsistencia quedaron atrapados entre dos mundos ajenos a sus necesidades, un pueblo de comerciantes y un campamento de mineros.

El dolor que lo aquejaba no cedía. Sus perros ladraron, anunciando el inicio de la faena, deseosos de sacar a los chivos del corral. Atanasio tomó una lampa y se ayudó con ella para mantenerse de pie y poder salir del refugio. Recoger leña con ese dolor era una labor titánica.

Dio una ronda por la casa, buscando rastros de la bruja. Creen que dejan caer cabellos trenzados y que sus pisadas están acompañadas de huellas de zorros.

Tres vueltas al recinto fueron suficientes. Prendió la fogata para calentar la leche ordeñada la tarde del día anterior, tomó un poco de queso y lo comió con ansias. La leche hervía, la retiró del fuego y la dejó enfriar. Desde la puerta vio, en la parte alta de la quebrada, un zorro dirigiéndose a su refugio. Verlo no hizo más que alentar su superstición y se frotó la cara con preocupación.

Continuó Atanasio con su búsqueda de cabellos trenzados en los alrededores, sin encontrar ninguno, se arrodilló al borde de la quebrada para observar sus pequeñas parcelas de alfalfa que vistas desde esa distancia no parecían más grandes que los jardines de una plazuela. No logró el silencio darle pistas sobre la razón por la cual una bruja lo había mordido. La calma de los cerros no daba una luz de razón en la mente del perturbado Atanasio.

La noche tendía ya su manto y el sol se marchaba cabizbajo por detrás de los Andes. Atanasio ingresó a su refugio, preocupado e intentó dormir. Las horas transcurrieron en silencio y sumergidas en una oscuridad total.

Pero de pronto, los perros empezaron a ladrar para luego de un par de minutos verse interrumpidos sus ladridos con la precisión de una grabación a la que se le pone pausa. Atanasio tenía los ojos dilatados como platos por la tensión, pero no lograba ver nada en aquella oscuridad.

El crujido de paja seca y el jadeo de los perros le anunciaban lo peor. Momentos después la temperatura de su habitación subió unos grados. Supo que no estaba solo, se levantó y estiró los brazos, agitó las manos en el aire tratando de capturar alguna presencia. El primer contacto no llegó a través de las yemas de sus dedos, sino de los músculos de su espalda. Pudo sentir un aliento caliente en su nuca y la presión de una mordida en la región cervical de la columna vertebral. Paralizado analizó esa dentadura con las carnes de su espalda. Carecía de dientes afilados, ausencia de colmillos. Parecían todas las piezas muelas grandes que trituraban sus vértebras. Entonces una luz copó todo el espacio, para luego ir apagándose lentamente.

En la habitación se prendió una linterna, un hombre vestido con pantalón jean y camisa a cuadros sostenía en la mano unas tenazas. Este ya no dará problemas, murmuró.

 

 

 

 

 

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